Xabier Ezeizabarrena. Email: xabi.ezeiza@icagi.net
El logro de un sistema público de servicios en clave de sostenibilidad necesita importantes cambios de actitudes. En este contexto, el discurso preponderante en el ámbito político y social nos habla de los Derechos Fundamentales de las personas, de sus derechos económicos y sociales, así como de los derechos culturales, en clave individual y colectiva.
Son muy pocos los que se atreven no sólo a reclamar el cumplimiento de todos esos Derechos Fundamentales si no, también, a reconocer obligaciones jurídicas de importancia que los ciudadanos debemos cumplir. Frente a una visión paternalista de la Administración como garante de los derechos y servicios, es preciso reconocer que las conquistas sociales en forma de derechos traen consigo obligaciones como ha venido sugiriendo el sociólogo Hans Harms.
Un ejemplo de lo anterior viene representado por el más fundamental de todos los Derechos Humanos. Me refiero al derecho a la vida de todas las personas, de manera que su protección no exige, simplemente, la garantía del mismo por parte de una Administración, puesto que su propia existencia impone a la sociedad una serie de obligaciones. Esto es, al reconocimiento originario y positivo del derecho a la vida como una norma inquebrantable es necesario anudar la obligación del Estado de no violar dicho reconocimiento, así como la obligación de toda persona o colectivo de respetar el mismo.
Otro ejemplo se corresponde con la protección del derecho a la libertad de expresión. Tan importante como su protección a través de la Administración es la constatación de que tal derecho implica obligaciones positivas y negativas. Obligaciones que suponen límites, para no permitir ejercicios abusivos del derecho o que puedan quebrantar los derechos de terceros, su dignidad o su intimidad personal y familiar, entre otros. Ante el discurso de una sociedad que quiere mantener y, en su caso, aumentar sus derechos, es necesario abordar el cumplimiento y desarrollo de las obligaciones inherentes a tales derechos. Si esto es palpable en el plano de cualquier derecho fundamental, resulta fundamental para el logro de un objetivo como el desarrollo sostenible.
Algo similar sucede con el derecho a un medio ambiente adecuado reconocido en las Constituciones modernas. Si este derecho genera obligaciones para las Administraciones, implica igualmente obligaciones para cada uno de nosotros, empezando por los comportamientos individuales y colectivos que generan impactos ambientales. Así, tenemos derecho, en función de la legislación, a vivir en un medio ambiente adecuado lo que implica que nosotros mismos tenemos la obligación de no contaminar nuestro entorno, cuidar el mismo y educar en dichas prácticas a nuestros congéneres. Como en el caso de los derechos, estas obligaciones son nítidas en el plano teórico pero su aplicación real depende de voluntades individuales y colectivas. A tal fin, los mecanismos coercitivos pasan por aquellas vías que se desarrollan en la legislación sectorial.
La cuestión relativa a las obligaciones ciudadanas es un imperativo de la propia lógica. No es posible mantener un Estado y una Administración básicamente paternalistas si la sociedad no se implica, activamente, en la sostenibilidad real de los servicios públicos y en los retos que implica el desarrollo sostenible.
Estos compromisos implican obligaciones fiscales, comportamientos sostenibles en el transporte, en el consumo de energía y agua o, por ejemplo, apuestas específicas en el consumo y los residuos. El sostenimiento de los servicios públicos exige la asunción de compromisos por parte de los ciudadanos a la hora de su mantenimiento, de su uso y de su sostenibilidad. No es posible pedir los mismos esfuerzos en tal sentido a un joven de economía desahogada que a una familia con una situación de desamparo. La Administración, con un criterio equitativo, debe abordar estas situaciones de forma equitativa. Eso sí, siendo consciente de que su tarea no es exclusivamente la de prestar servicios y derechos a diestro y siniestro, si no, también, la de encontrar en el tejido social a una ciudadanía activa que sea colaboradora en el logro del desarrollo sostenible. El Estado del bienestar, por tanto, también ha de ser sostenible con la colaboración de la sociedad.
El reto de las obligaciones implica que los ciudadanos seamos conscientes de que la Administración no es un “Ave fénix” que todo lo puede cuyos servicios se extienden sin límite. La Administración debe garantizar y fomentar los Derechos Fundamentales de los ciudadanos en su totalidad, así como los servicios públicos básicos que constituyen la sanidad, la educación, el transporte, la gestión de las emergencias, la seguridad, el acceso a la cultura, los suministros, el acceso a la vivienda en alquiler y tantos otros. Mientras tanto, existen algunos otros “servicios públicos” cuyo mantenimiento es perfectamente discutible en base a criterios económicos, de sostenibilidad y de obligaciones ciudadanas.
En otras palabras, ser ciudadano no implica únicamente ser titular de derechos y servicios públicos que la Administración debe garantizarnos. Ser ciudadano implica adoptar una aptitud y una actitud positiva en favor de los Derechos Fundamentales de todos, de la sostenibilidad de los servicios y, entre otras cuestiones, de impulso activo a la sostenibilidad ambiental, económica y social del sistema.
(Goiko irudia, Joseba Gurutz de Vicente-ri esker)






