Xabier Ezeizabarrena. Email: xabi.ezeiza@icagi.net
Salud pública y contaminación constituyen un binomio de singular importancia que se encuentra íntimamente relacionado, tanto entre sí, como con el modelo económico de desarrollo, los sistemas de producción y consumo, así como con la propia contaminación industrial o la producida por el transporte como elementos más relevantes.
Los datos dela Organización Mundialde la Salud (OMS) son elocuentes. Unas 800.000 personas fallecen cada año como consecuencia derivada de la contaminación del aire yla atmósfera. Las NacionesUnidas estiman que el 65% de estas personas habita en países en desarrollo del contexto asiático. El aire o una atmósfera contaminada son causa del empeoramiento de la salud de personas que padecen enfermedades pulmonares o cardíacas, lo cual se ve agravado en procesos de contaminación crónica en el tiempo y en el espacio, tal y como sucede en muchas de las grandes metrópolis asiáticas.
En el caso de Europa, la OMS cifra en 8,6 meses la reducción en la vida de los europeos como consecuencia de la contaminación del aire. Tanto las emisiones industriales como las derivadas del transporte son los problemas más importantes y objeto de políticas públicas difusas, cuyos resultados vienen resultando más que discutibles respecto de fenómenos bien conocidos como la Evaluación del Impacto Ambiental de determinadas infraestructuras o la intervención pública para reducir o eliminar, en su caso, el uso generalizado del vehículo privado. De hecho, se estima que en torno a la mitad de las emisiones de efecto invernadero se generan por vehículos de transporte por carretera.
Mientras el retrato de Occidente arroja datos como los anteriores, lo cierto es que los países en desarrollo demandan igualmente el derecho a contaminar del que hemos gozado los demás durante centurias, especialmente desde el contexto de la revolución industrial.
Al mismo tiempo, nos venimos enfrentando a problemas de contaminación de las aguas en muchos lugares del mundo. Esta contaminación tiene un enorme potencial activo de cara a la propagación de la diarrea y otras enfermedades análogas. El agua es fundamental para nuestro sustento básico, pero también para desarrollo humano en condiciones mínimas de salubridad. Las cifras en este ámbito no dejan de ser alarmantes segúnla ONU. Unos1000 millones de personas carecen de acceso a agua limpia y potable, mientras más de 2000 millones no tienen instalaciones básicas de saneamiento. Este tipo de contaminación resulta grave por su facilidad para afectar a otras especies y para internarse sin problemas en el ciclo de las cadenas tróficas de manera que todo el ciclo de la vida puede verse afectado en periodos de tiempo relativamente cortos, que dificultan la capacidad de respuesta de una sociedad. Una vez más, tiempo y espacio superan, con creces, cualquier planteamiento jurídico o político al verse éstos desbordados por la naturaleza en toda su dimensión local, global y en sus interrelaciones. A ello hay que añadir las migraciones o desplazamientos de poblaciones de aquellos lugares en los que no hay acceso al agua o la misma se encuentra contaminada.
La contaminación afecta igualmente a los suelos y, por tanto, a su capacidad productiva y a la propia agricultura, sea ésta industrial o de subsistencia. Este fenómeno puede no ser fácilmente perceptible a primera vista, pero un suelo contaminado por vertidos, fertilizantes o residuos de tipo industrial es un recurso natural que tarda décadas en recuperarse. De hecho, la descontaminación de suelos precisa tecnologías muy costosas, largos periodos de tiempo y una descapitalización evidente en la capacidad productiva de un espacio determinado.
Pese al entramado normativo existente, lo anterior se ve agravado por la problemática de los residuos y la contaminación química, cuyos impactos reales son difícilmente mesurables enla actualidad. Muchosproductos químicos tienen todavía efectos desconocidos o no testados, mientras que desastres como los de Bhopal y Seveso han demostrado la impotencia de muchas sociedades para responder adecuadamente en situaciones de emergencia por contaminación. Buen número de contaminantes químicos poseen una gran capacidad de penetración en la cadena alimentaria, con un potencial de llegada muy rápido hasta los seres humanos. A este respecto, el Convenio de Estocolmo de 2001 agrupa determinadas sustancias químicas en tres categorías que paulatinamente deben erradicarse sobre el papel del Derecho Internacional escrito, pero que luego la práctica real de los Derechos internos de los Estados tiende a modular en su aplicación.
Esta contaminación química presenta unas características singulares que dificultan la actuación directa contra sus impactos. En general, los productos químicos tienen una facilidad extrema para propagarse en el medio natural. De hecho, por ejemplo, si bien en el Océano Ártico no existen industrias de importancia, los datos científicos constatan la presencia de distintos elementos contaminantes en los osos polares del Ártico. Su propagación ha debido producirse de la mano de los vientos y corrientes oceánicas en su deriva hacia el Norte.
En este complicado contexto, la OMS reconoce hasta 30.000 productos químicos cuyos riesgos potenciales no han sido nunca verificados. Esto significa que el principio de precaución ante los posibles riesgos e impactos de una tecnología o producto determinado cuyas potencialidades se desconocen invitaría a no asumir riesgos innecesarios con su comercialización y/o distribución. Tampoco existe verificación objetiva de los efectos de muchos productos químicos combinados que, individualmente considerados pueden ser inocuos, pero cuyos riesgos derivados de una combinación aleatoria siguen siendo desconocidos. En suma, nuestro modelo de desarrollo sigue basándose en una economía especulativa y de riesgo alejada del principio de precaución, que prefiere evitar verificar muchas cuestiones tecnológicas pendientes.
Pese a todo ello, nadie duda de que la protección de la salud pública ha de ser el primer criterio y objetivo de garantía de una política ambiental pública rigurosa que huya de las incertidumbres tecnológicas y garantice abiertamente la salud pública como un derecho de todos.






