Energía y sostenibilidad

Xabier Ezeizabarrena. Email: xabi.ezeiza@icagi.net

La cuestión energética y su problemática trascienden las fronteras de los Estados, de la Unión Europea y del marco internacional. La problemática energética supera todo lo anterior y contiene implicaciones ambientales, económicas y sociales de primera magnitud. No es posible mantener una mínima dignidad en la vida de los seres humanos sin garantizar un suministro energético básico. Tampoco es factible desarrollar actividades agrícolas, ganaderas y/o industriales sin garantizar el suministro energético. A día de hoy, buena parte del planeta no tiene garantizada dicha posibilidad.

Para ello, el papel de las energías renovables es fundamental, aunque su implantación sigue sufriendo el impacto económico que supone la no internalización de los costes ambientales derivados del uso de los combustibles fósiles, entre los que cabría citar el carbón y el petróleo. Es decir, si desde las diferentes instituciones no somos capaces de computar el coste ambiental y económico derivado de las emisiones de CO2 a la atmósfera, resultará difícil poder visualizar como rentable la inversión en fuentes energéticas renovables que disminuyan o eliminen dichas emisiones.

Siendo este aspecto de vital importancia, no lo es menos el reto que supone abordar el ahorro y la eficiencia energética, independientemente de cual sea la fuente de referencia. Este aspecto es fundamental si consideramos que la energía se encuentra presente en todas partes; está en movimiento de manera que el ahorro y su eficiencia en la gestión y el consumo son posibilidades reales que debemos abordar en las instituciones, en el transporte, en la industria, en la producción y en nuestros hogares. En otras palabras, se puede ahorrar energía de manera significativa en todos aquellos lugares en los que la energía está presente. En esos mismos lugares se puede hacer un consumo y una gestión energética más eficaz. Todo ello es independiente del recurso energético. Cosa diferente es que estemos preparados para asumir dicho reto. En resumen, sabemos qué hay que hacer para ahorrar energía y ser más eficientes, pero normalmente no lo hacemos.

            Así, en lugares de trabajo diversos es habitual observar el aire acondicionado o la calefacción funcionando independientemente de las circunstancias meteorológicas. Tanto o más sucede en los transportes públicos, en edificios públicos y privados o en el ámbito educativo y universitario.

            Y el Derecho sigue pretendiendo regular estas cuestiones con poco éxito. Fundamentalmente, por qué la cuestión es más cultural que jurídica. Depende más de nuestros hábitos de consumo y de ocio que de la capacidad coercitiva de las leyes. Poco importa que el legislador considere que la temperatura ideal en los edificios públicos ha de ser de 21º, si los usuarios deciden que 25º es su temperatura adecuada. Tanto monta para decisiones curiosas como la adoptada temporalmente en España sobre límites de velocidad en las autopistas. Lo que en primavera de 2011 iba a suponer un considerable ahorro energético en combustible por bajar de un límite de120 km/h a otro de 110, se convirtió en un ahorro inexistente compensado por el gasto en el cambio por dos veces de las señales de tráfico que finalmente vuelven a señalar 120 km/h ante la estupefacción general. Este ejemplo de política pública vuelve a ratificar la impotencia del Derecho para el logro de fines como el ahorro energético, que no dependen de las leyes si no de la propia gestión pública diaria de administraciones y ciudadanos.

            Además, la horizontalidad de las cuestiones energéticas está fuera de toda duda. Las implicaciones económicas de una opción energética u otra son de calado; tanto como lo son los impactos ambientales derivados del uso de combustibles fósiles frente a los que puedan derivarse de las energías renovables. La internalización de los costes ambientales derivados de cada decisión nos ubicaría ante un retrato real, con contenido económico, de los costes ambientales, sociales y económicos de las decisiones relacionadas con la energía. Lo anterior en la práctica más cercana nos dice que Navarra ha optado por un modelo energético casi autosuficiente sobre la base de la energía eólica y las pequeñas centrales hidroeléctricas. Dicho modelo energético, sin embargo, es muy diferente al que se aplica en el resto de la península o en Francia. El modelo de sostenibilidad energética aplicado en Navarra demuestra su utilidad en un contexto muy reducido, sin que resulte posible, de momento, generalizar un modelo energético que garantice la autosuficiencia en el abastecimiento a una comunidad política o geográfica de mayor envergadura.

            Esto no resta importancia ni mérito a las opciones de sostenibilidad energética en el ámbito regional y local. Al contrario, las fortalece en su necesidad de mayor dimensión. Lo que hace es demostrar la necesidad de apostar por modelos energéticos más limpios, basados en la sostenibilidad y cuyos impactos ambientales sean menores en el espacio y en el tiempo.

            Mientras tanto, la demanda energética mundial sigue creciendo de manera proporcional al desarrollo económico de las nuevas economías que tampoco tienen por qué renunciar al modelo de crecimiento cuantitativo que han observado y heredado de Occidente. Bien sea en el sector de la construcción, en el transporte, en las grandes obras públicas o en la actividad económica privada, la demanda energética global seguirá creciendo mientras no se opte por un modelo de desarrollo diferente, más humanizado y que no se base exclusivamente en la generación de consumo, riqueza e inversión cuantitativos. En este contexto, nos encontramos ante un dilema político, económico y ambiental, pero también ante un reto filosófico y ético sobre nuestras concepciones del bienestar y de la vida. Es un reto personal, social y global que implica decisiones de calado ético sobre las pautas de vida en las que nos hemos acostumbrado a convivir. El Derecho, la economía y la tecnología pueden ayudar a gestionar dichos retos, pero su resolución afecta a decisiones sobre el significado de la vida en nuestra relación con la naturaleza. El problema de fondo sigue residiendo en decidir si queremos vivir en armonía con ella o en una lucha permanente.

 

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